2016

2016
Asumí que renunciar, no es más que escoger, equivocarme es una buena forma de aprender. Que si sigo al corazón no tengo nada que perder, y a cada paso, surge otra oportunidad. Y ahora ya ves, no soy quien fui, aquella triste y temerosa persona de ayer, he renacido para todo, tengo ganas de vivir, ahora guardo mi energía para aquel que crea en mí.. para aquel que con mis escritos viva o reviva, según su condición, que sea mi amigo, y mi compañero siguiéndome en este largo camino, aquí les dejo parte de mi vida.

jueves, 20 de octubre de 2016

Costumbre

Entrar a un restaurante sola es como llevar la capa de la invisibilidad de Harry Potter. Los meseros no me asignan mesa, no me traen la carta, no vienen a tomarme el pedido. Y no logro entender si es porque para el negocio soy un pésimo cliente: una mujer sola, que supuestamente va a comer solo lechuga y que viene sin macho consumidor; o si los meseros no se me quieren acercar para no ser testigos de mi miseria.
Porque somos una sociedad gregaria. Tenemos que andar en manada: para salir de fiesta, para ir a comer, o para ir al baño. Porque las mujeres vamos al baño acompañadas. Aunque sea solo a hacer chichi y no necesitemos ayuda para eso. Entonces cuando cualquiera decide salirse del rebaño y hacer las cosas por su cuenta, es un miserable rechazado en esta “prepa” que es la vida adulta.
Siempre he disfrutado de la soledad. Pero cuando chiquita tenía que forzarme a siempre, siempre estar con alguien para que en el colegio no me dijeran que era una “rechazada”, una de las peores ofensas en nuestros años pubertiles. Entonces tenía que poner buena cara y estar dispuesta a jugar y hacer conversación. Luego, en la universidad, era más fácil irme horas enteras a la biblioteca a estar conmigo misma; y tuve que aprender a decir no cuando una amiga me pedía ir con ella de compras –odio ir de compras en parche–. Y cuando comencé a trabajar, a veces me escapaba a la hora de almuerzo, antes de que cualquiera me ofreciera o pidiera compañía. Me iba con mi libro a comer sola en un restaurante, ante la mirada de pesar de los demás comensales.
En ese momento también comencé a ir sola a cine, y cada tanto me escapaba a la casa de mis abuelos donde el mejor plan era irme a la playa sola a leer. También comencé a sentir un intenso placer al pasar mi cumpleaños sola. Pero ahí tuve que trazar la línea, tal vez esto ya no era saludable.
Soy lo que los psicólogos de las redes sociales llaman “una introvertida social, reflexiva y reservada” (las tres características en porciones iguales según el test que encuentran en el estel link). Disfruto los grupos pequeños, los lugares sin bullicio y estar sola con mis pensamientos, una capacidad en vía de extinción en tiempos del multitasking y las redes sociales. También disfruto los grupos, las fiestas, ponerme al día con una amiga. Pero luego de esto siempre necesito unos minutos de silencio en mi casa. Disfruto el silencio. Disfruto un lugar sin música, sin televisión, sin hablar. ¿Eso me hace un bicho raro?
La mujer en la mesa del lado está almorzando sola. O no. Está hablando por teléfono con su amiga mientras come. Seguro la llamó para decirnos a sus vecinos de mesa que, aunque carece de compañía en este momento, tiene amigas que la acompañan al baño cuando se va de fiesta.
Al parecer la soledad es una imposición, no una elección, y por eso andamos por el mundo buscando compañía, aunque estando acompañados estemos más solos que nunca. Pero la soledad en mi vida usualmente ha sido una elección. Y soy afortunada, porque puedo estar sola con mis pensamientos cuando quiero, pero puedo encontrar compañía cuando la necesito. Aunque a medida que pasa el tiempo requiero compañía cada vez menos y debo estar atenta a ello, para no terminar en una cueva en el Himalaya espantando alpinistas con los gatos que le robé a una anciana que perdió la razón al enviudar. Pero por ahora estoy bien, con mi silencio, mi introspección y mis salidas solas al restaurante, aunque me toque mendigar atención por parte de los meseros, que instintivamente ignoran a esta Andrea sola y rechazada que no tiene amigos para ir a almorzar, ni minutos para llamarlos mientras come, y que llora y mastica a la vez. Al menos deberían darme postre gratis.

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