2016

2016
Asumí que renunciar, no es más que escoger, equivocarme es una buena forma de aprender. Que si sigo al corazón no tengo nada que perder, y a cada paso, surge otra oportunidad. Y ahora ya ves, no soy quien fui, aquella triste y temerosa persona de ayer, he renacido para todo, tengo ganas de vivir, ahora guardo mi energía para aquel que crea en mí.. para aquel que con mis escritos viva o reviva, según su condición, que sea mi amigo, y mi compañero siguiéndome en este largo camino, aquí les dejo parte de mi vida.

martes, 7 de junio de 2016

Descubrimientos biológicos



Ya estoy empezando a creer que es cierto eso de “mientras más viejo más pendejo”. ¿Por qué? se preguntarán ustedes, si lo que dan los años es sabiduría. Si, uno se vuelve más sabio y más zorro en algunas cosas, pero las fibras se ablandan y a veces uno entra en unos cortocircuitos que no logra entender.

Verán, yo nunca había podido entender por qué los hombres coquetean con las mujeres que hablan chiquito y que son como french poodles, cuando no hay nada más detestable que un french poodle con moñitos rosados, mucho menos cuando es macho. Ni tampoco he podido hablarle chiquito a nadie, ni siquiera a un perro. Porque si me diera por hablarle chiquito a un tipo el resultado sería una película de terror: en vez de sonar como Natalia Paris, sonaría como un enfermo terminal de cáncer de pulmón con pitillo en la tráquea en etapa de agonía. Y ahí podría poner en práctica, no “how to lose a guy in 10 days”, sino, “how to lose a guy in 10 words”.

A mi no me gustan los tipos ternuritos, ya sabrán a estas alturas que mientras más cara de sufrido tenga el tipo y más magullado esté, más me gusta. Pero algo pasó en el universo que me hizo entrar en cortocircuito. Por cosas de la vida una vez me crucé con un tipo absolutamente divino: cada pestaña encrespada, dientes perfectos, cejitas perfectas, boquita perfecta. Desaliñadamente perfecto el pendejito. Me puse a hablar con el tipo y el más querido, el más servicial… mejor dicho. Y de pronto empezó a hablarme de su perro. “Mira a mi perro (mostrándome 200 fotos de su perro en todos los contextos existentes), se llama Fufi, es divino, es cariñoso, llora cada vez que me voy, le bate la cola a todo el mundo, come con la boca cerrada, no se echa pedos. Es mi bebé”. Y todo esto en tono de niñito chiquito consentido.

En algún momento un poco más racional y menos bipolar que el que estoy viviendo en este instante, me hubiera frikeado con el tipo. Pero no. Me conmovió las entrañas y entendí dos cosas: los juegos del inconsciente cuando se mezclan con la biología son la cagada y por qué a los tipos les encantan las viejas que hablan chiquito y se comportan como bebés.

Por un lado, uno ya ha avanzado lo suficiente como para saber que un neandertal borracho, dicharachero, que vive por su trabajo y por su musica, es pésimas noticias. Mientras que un tipo que le demuestre a uno que es capaz de cuidar un bonsai, un loro o un perro y hablar de ellos como lo más maravilloso y necesitado del mundo, demuestra que el bojote tiene madera. Maldita biología.

Y por el otro lado, la obviedad de la respuesta detrás de la manipulación de “soy un ser desprotegido que necesita una manta de cariño y cuidado, agugúgagá”. Es que el que habla chiquito y es tiernito lo que es, es un maldito genio de la manipulación. ¡Un jodido Tony Kamo!

Con ese habladito babosiado y lleno de detestable ternura, logran hipnotizar a su presa y despertar un estúpido sentido maternal protector con el que son capaces de lograr cualquier cometido. Es como cuando uno en esos momentos de vulnerabilidad le meten esas goticas de fundaciones de niños que ponen en las cajas de los supermercados: “Señorita andrea, ¿quiere donar treinta pesos para la fundación de los niños de la pradera?”. Como si a uno le fueran a devolver 30 pesos en monedas que no existen. El hablado chiquito es una infalible técnica de mercadeo, la gotica de donaciones que nos taladran en el inconsciente con la consigna de “alguien te necesita. Y no es tu bonsai”.

Esta vez logré salvarme, pero como trabajador con su guitarra, quién sabe si en la próxima curva me agarra el chiflón. Pero San Antonio, no me mandes a un french poodle con moños. No se si el leñador borracho que llevo adentro lo soportaría.

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