2016

2016
Asumí que renunciar, no es más que escoger, equivocarme es una buena forma de aprender. Que si sigo al corazón no tengo nada que perder, y a cada paso, surge otra oportunidad. Y ahora ya ves, no soy quien fui, aquella triste y temerosa persona de ayer, he renacido para todo, tengo ganas de vivir, ahora guardo mi energía para aquel que crea en mí.. para aquel que con mis escritos viva o reviva, según su condición, que sea mi amigo, y mi compañero siguiéndome en este largo camino, aquí les dejo parte de mi vida.

viernes, 17 de agosto de 2012

Viejos recuerdos,


Todo me duele. No hay una parte de mi cuerpo que no le mande señales de dolor a mi cerebro. Como si me hubiesen apaleado. Como si hubiera corrido una maratón. Renuncio a tomar esas pastillas y emprendo la búsqueda hacia un nuevo quiosco. Antes de salir suena el teléfono, es de noche y tengo miedo. No me imagino quién puede estar llamando, no se me ocurre una sola persona que tenga el número de teléfono, El timbre cesa. Me siento en una de las sillas y apoyo los codos en la mesa, me aprieto los cachetes con las manos hasta que me queda la boca en forma de círculo. Espero a que no suene de vuelta. Las pestañas me hacen cosquillas en los dedos chiquitos de la mano. Juego a abrir y cerrar los ojos. Ahora apoyo las palmas de mis manos en la mesa y sobre ellas mi frente y cubriendo todo lo demás mi pelo.  Ya casi pierdo mis esperanzas con la llamada, o con un hola, por chat, seguro era número equivocado, cuando me escribe. Me enderezo en mi silla, de nuevo las ganas de ir al baño o el miedo y el corazón haciendo su esfuerzo de vida o muerte para llevar la sangre a todos los espacios de mi cuerpo. Atiendo.
Andrea, quiero verte, te extraño Es él. Tanteo una silla de espaldas y me dejo caer en su almohadón que me recibe con un ruidito. Dice que está en su casa, que quiere verme. Necesito esconderme o ir al baño, eso o tengo mucho, mucho miedo. En mi cabeza ensayo una respuesta.
Le digo que si esta solo, dice que si. Busco las llaves de la casa, en la cartera hechizada, las encuentro tras batallar tres o cuatro minutos contra un encendedor, dos lapiceras, un lápiz labial, una billetera y mi celular sin batería. Me miro en el espejo que hay al lado de la puerta. Pienso que soy hermosa. Pienso que estoy particularmente luminosa esa noche. Pienso que si no se enamora de mí hoy, si no me vuelve a amar para siempre, ya no tendré terceras oportunidades. Pienso que hoy o nunca. Y muy adentro, en la consciencia y la cordura sé que quizás hoy tenga la oportunidad.
Como si fuera un traje pesado me deshago de la soledad y la tristeza. Me tiento con quedarme ahí, en ese lugar que tan bien conozco, donde la gente puede dañarme pero el dolor me es familiar. Lo conozco, sé hasta dónde llega, sé cuán intenso puede ser. Conocerlo, saber de él, me hace añorarlo. Tengo miedo de ser una estúpida más si soy feliz. Tengo miedo de empezar a fijarme en el color de uñas y el color de pelo .No quiero eso. Yo me distingo de eso.
Como si fuera un traje pesado, y no sin miedo, me quito de encima la soledad y la tristeza, la desesperanza y el descreimiento. Me deshago también de la paciencia para esperar que esta persona que me quiere se canse de mí. Hice ya todos mis esfuerzos por alejarlo. No quiero ser triste. No quiero más. Yo quiero pasear y que me señalen, ahí va la que se ríe de todo, de qué puede estar riéndose. Me saco el traje triste y le contesto que ya voy para su casa. La heroína trágica por fin se fue a dormir.

Pensamientos


Estoy escribiendo. No quiero que nadie me moleste. Tengo cuatro horas que son mías, que no quiero compartir con mi hijo o mi familia. Son mías porque en esas aguas turbias nada mi memoria, recalcula, vuelve a medir, ve con otros ojos las mismas experiencias. Ahí mismo, donde una adolescente desesperada vomitaba su verdad, hoy hay una mujer que sin apuro va desmalezando lo que quedó en el camino. Cada detalle reescrito. Cada sensación revivida.

A veces vuelvo a tener 16 para poder escribir, vuelvo a sentarme en el mismo lugar a sufrir, de lejos esta vez, las mismas penas, los mismos olvidos de los mismos hombres. Se puede contar lo mismo sin que suene igual, hay varias versiones de cada hora, de cada anécdota, de cada persona. Yo puedo ser una mamá perfecta, que espera a su hijo con pedazos de queso todas las tardes después del colegio y puedo ser, todavía, una nena encaprichada, con un dolor submarino, nadando en la oscuridad del olvido de algo que, todavía, no puedo traer a la realidad. Quizás pueda escribiendo. Quizás tengo que volver a sentarme, mis cuatro horas me invitan, a repensar que lo que pasó ahora tiene sentido. Y que ahora sí puedo explicarlo. No ignoro que va a doler, pero cuando ese dolor se extinga, entre las cenizas solo quedará libertad.